Manuel Belgrano y el proyecto de la Monarquía Inca

Publicado el 27 - 04 - 2016

Compartimos un artículo de la historiadora Mara Espasande sobre el proyecto político de Manuel Belgrano

 

   Una vez declarada la independencia de las Provincias Unidas del Sud, el 9 de julio de 1816, se inició el debate sobre la forma de gobierno que adoptaría el nuevo Estado. No existía acuerdo sobre cómo debía ser la organización jurídica institucional. En el Congreso de Tucumán, Manuel Belgrano, si bien no era congresista, fue invitado especialmente para que contase su experiencia en Europa cuando viajó en la misión diplomática. Belgrano cuenta que “el Congreso me llamó a una sesión secreta y me hizo varias preguntas. Yo hablé, me exalté, lloré e hice llorar a todos al considerar la situación infeliz del país. Les hablé de la monarquía constitucional con la representación de la casa de los Incas: todos adoptaron la idea”. (Memorias de Belgrano).

   Belgrano intentó conjugar un proyecto político que se adecuara a la situación internacional pero que también respondiera a las necesidades de las nacientes naciones. El principal objetivo del proyecto era crear un gran Estado Americano, reconciliando la revolución porteña con Europa y principalmente con su ámbito americano, que transformaría definitivamente la revolución municipal en un movimiento de vocación continental, brindando un proyecto económico, político y social alternativo al que establecían las clases portuarias. Pero la burguesía comercial porteña rechazó terminantemente este proyecto. Las razones eran de diferente índole: culturales, por el rechazo a lo americano y la admiración a la cultura europea y políticas, por atentar contra el centralismo porteño. La prensa porteña tomó el proyecto en forma irónica y realizó diversas bromas, sugiriendo que el Inca era un indio viejo borracho olvidado en alguna pulpería altoperuana.

   El diputado porteño Tomás Manuel Anchorena fue quien levantó la voz como representante del grupo opositor, contando la reacción cuando escucharon esta propuesta: “Nos quedamos atónitos con lo ridículo y extravagante de la idea, pero viendo que el general insistía en ella y que obtenía el apoyo de muchos congresales debimos callar y disimular el sumo desprecio con que mirábamos tal pensamiento” (Carta de Tomás de Anchorena a Juan Manuel de Rosas del 4/12/1846.). Más tarde afirma que no le molesta el proyecto monárquico sino que “se piense en un monarca de las casta de chocolates, cuya persona si existía probablemente había que sacarla cubierta de andrajos de alguna chichería para colocarla en el elevado trono de un monarca” (Carta de Tomás de Anchorena a Juan Manuel de Rosas). Los diputados porteños ganaron tiempo, aduciendo la necesidad de discutir el proyecto públicamente en sesiones extraordinarias.

   La crítica de Buenos Aires estaba basada en la ausencia de un candidato apto para ser coronado. Estas críticas eran infundadas, pues había varios candidatos posibles. Uno de ellos era don Dionisio Inca Yupanqui, nacido en Cuzco y educado en España. Hombre con experiencia militar e ideológica semejante a las de San Martín, coronel de un regimiento de Dragones de España y diputado de las Cortes de Cádiz en 1812. En estas se destaca por la lucha de la igualdad de los americanos españoles e indígenas con los metropolitanos, defendiendo principios democráticos de avanzada, tales como “Un pueblo que oprime a otro pueblo no puede ser libre”. Otro candidato era el hermano de José Gabriel Túpac Amaru, Juan Bautista Túpac Amaru, que había participado activamente en la sublevación que encabezará su hermano, motivo por el cual había estado en prisión en España.

   Pero frente a la resistencia porteña, el proyecto quedó sin aplicación y una vez que se decidió el traslado del Congreso a Buenos Aires, desde donde gobernaría el Director Supremo, fue directamente desechado. Así el proyecto político de Manuel Belgrano de instituir una monarquía inca, será resignificado por el poder de la elite portuaria de Buenos Aires como una anécdota de color, como hecho olvidado y secundario de nuestro héroe, quien quedará enredado para siempre en una bandera de la cual no podrá salir jamás.